Después de lo que me pasó, camino por Buenos Aires poniendo mucha atención, mirando a todas partes, para evitar encontrarme con la policía.
Iba caminando muy orondo por la Avenida Independencia, respirando la brisa fresca del invierno. En la esquina con la calle Yapeyú me detuvieron dos hombres, de civil, altos y gordos. Uno de ellos sacó una identificación amarilla, como la que cualquiera pudiera escanear e imprimir en la casa. “Policía Federal. Documento”. Ay dios. Saqué la cédula colombiana, que me retuvieron. Me rodearon y me miraron fijamente. “Vos vas a ser testigo de un allanamiento. Acompañanos”.
Cuando me di cuenta de que faltaba la hojita, iba de 163 entre 217 personas: bolivianos, colombianos, ecuatorianos y peruanos. La fila avanzaba mientras pensaba en las opciones para solucionar el entuerto.
Pensé que la hojita del turno no era importante. Pero tenía un código de barras. Se sabe que todo lo que tiene un código de barras es importante. Se supone que está codificado, que ese código se creó en alguna parte para decodificarlo en otro lado. Es decir, alguien sabe que ese código existe, que la hojita existe. No puede ser, me van a pedir la hojita.
En Buenos Aires hay mucho teatro, y ese ambiente me ha contagiado. Uno encuentra teatro en la avenida Corrientes por ejemplo, o en Boedo, incluso en el Consulado de Colombia. Así que haciendo mis pinitos de dramaturgo, comparto con ustedes este sainete inspirado en la vida real: